He recorrido los bosques de tu cabello durante tormenta, bajo la lluvia, en días soleados, por debajo de las nubes.

Hemos bailado juntas sobre la sábana aterciopelada de tu piel. Y que maravilloso ha sido bailar. Porque moverse al mismo ritmo es caer bajo un hechizo.

A veces me he perdido en tus labios, en tus palabras cuando hablas, no se lo que dices, sólo te observo.

Una vez me sorprendí al escuchar tu voz de tan cerca, fue la primera vez que entendí la dulzura.

He tratado de nadar entre lágrimas y casi me ahogo la última vez. Nunca he aprendido a nadar.

Recuerdo tus caricias. Aquella tarde en que corrimos por la arena, que corriste sobre mí, sobre la arena de mis piernas. Y sabes. Que bella eres. Toda tú.

Soñé que me deslizaba como un hada por la curva de tus hombros y recorría también las líneas de tu sonrisa.

Después me perdí. No encontré salida después de entrar en tus ojos.

He visto y he hecho cosas que quiero olvidar

Yo tengo un secreto

No sé si deba contarlo, pero a éstas alturas, ¿ya que chingados no?

Me está carcomiendo las entrañas.

Hoy pensé en gritarlo, en matarme, pero soy una cobarde.

Desperté, mi cuerpo lo hizo. Yo, sigo igual, somnolienta, dudando. Cómo extraño a mi familia, pero sé que no puedo volverlos a ver, no quiero que mueran, prefiero que vivan en lo poco que me queda de memoria y yo, morir.

Lo que más recuerdo es la época de Navidad, cuando dejábamos las peleas atrás mis hermanas y yo, eran los días más perfectos.

Me meto a bañar, me arreglo, como siempre, cargo mi arma y llamo para ver mi itinerario. Ser cuando se es lo que soy, dormir es como un parpadeo.

A muchas les gusta maquillarse para verse más guapas, yo, odio verme bien, ojalá hubiese nacido deforme, así jamás me habrían llevado.

Yo lo veía seguido por ahí, pasaba con sus amigos, bueno, con los de su trabajo. Me flechaba con cada mirada, y  yo, me quedaba de tonta. Nadie se imaginaba que me iría con él. Yo soy extrema, a veces, hago lo que me place sin importar que alguien me lo prohíba.

Su cabello largo me encantaba, porque cuando cogíamos le gustaba que se lo jalara, él me trataba como me gusta, me lamía con dulzura y con sentido, no como los demás tipos con los que yo había estado que me decían princesa y me acariciaban tierno, pero no tienen idea de lo que hacen durante el sexo. Ya después, me acariciaba la cara, me decía te amo.

Antes, la madera me recordaba su olor, ahora me huele a azufre, su amor me huele a infierno, a calor.

Un día, él me dijo que nos fuéramos, que me enseñaría todo lo que sabe, y me fui.

Poco tiempo después me ofrecieron un trabajo, más bien, me lo impusieron y ya ahí, me utilizaron.

No comprendo cómo es que él no hacía nada, se quedaba viendo. Ellos me tocaban, me enterraban los dientes, me rasgaban la carne penetrándome, golpeaban mi libertad y mi mente estaba en él.

Cuando te apuntan con un arma decides no hacer. Porque, ¿Y de que serviría? Si uno muere ya no está, ¿pero, que es la vida sin poder vivir?

Me convertí en un arma, un objeto para uso cotidiano, estaba siendo carnada y el amor quedó atrás. ¿Sabes? A veces el amor es morir.

Uno muere poco a poco, como cuando torturábamos a esas personas y su sangre caía gota a gota, chorreando el suelo y las paredes, así caían las lágrimas dentro de mí y yo me desmoronaba.  En la vida a veces hay que fingir. Degollé vidas, como la mía, como la tuya, como la de todos. Nunca pensé que haría éstas cosas, las miraba en pesadillas, pensé que estaban lejos de mí, que jamás me alcanzarían. Los sueños se vuelven realidad.

Pero esto no es realidad, debo estar soñando ¿Quién soy? Ya ni sé. ¡Maldigo al olvido!.

Aprender, es recordar, pero cuando se aprende a matar, se olvida todo.

Un día tuve que cortar una cabeza, no fue en nada como mi primera lección. De ver se aprende, supongo que de tanto observar me volví profesional, sólo hay que encontrar y pasar por la espina. Seguro fue un talento de principiante, cómo cuando atinas al centro de la diana con una flecha la primera vez. Igual a los pendejos les excitaba la idea de una mujer asesinando.

Recuerdo cuando fui libre…

Yo tengo un secreto. ¿Y tú?

(Texto inspirado por un sueño y elaborado durante el laboratorio de escrituras invisibles después de mi recorrido por Tampico abandonado)

Ballenas y Margaritas; el camino a la humillación

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Te cuento que mi antiguo trabajo era sumamente divertido. Hacía animación en hoteles. Mi último, fue un hotel de San José del Cabo. Para los que no saben que significa esto, bueno, les explico.

Un animador es aquel individuo que se encarga de proporcionar entretenimiento a los huéspedes del hotel.

Un tanto así como Johnny Castle y Penny Johnson de la película de Dirty Dancing pero versión moderna.

En uno de mis días libres, salí a comer mariscos con el Dj del hotel, pues nuestros descansos coincidieron. Después de un rato caminamos por las calles de San Lucas, cerca de los bares y antros. Vimos un bar que tenía buena finta, me llamó la atención ver billetes de dólar pegados en las paredes, buena música y no tanta gente, así que entramos y nos acomodamos en una mesa.

Después de un rato de conversación, se acercó una chava guapísima que cargaba una charola de gelatinas, pensé que raro gelatinas en un bar (Sí, ya se, soy una rara). Resultó que eran Jellow shots, después de un rato compramos unas gelatinas y me armé de valor para hacerle conversación a ésta chica. Cuando ví que ella me seguía la conversación pensé wow que linda y al final quedamos para salir. No recuerdo cual de todas fue nuestra primera salida, pero después de varias me parece pensamos en ir a un tour, pues era temporada de ballenas y queríamos verlas de cerca. Al decir queríamos, me refiero más bien a que ella quería y yo fingía que también, pues me dan miedo las ballenas, aunque en el fondo me atraigan las emociones fuertes.

Fuimos en un mini jate en el Sunset Cruise, donde un tipo te va diciendo los lugares por donde pasas y además incluye bebidas y bocadillos. En lo personal hubiese preferido un tour en una lancha pequeña con fondo de cristal como en la que fue mi hermana y hacer snorkel, pero era ya más tarde y conseguimos éste recorrido en buen precio así que nos trepamos muy monas las dos.

Después de un rato de sacarnos bastantes selfies y beber margaritas, empezamos a recorrer diversas playas  y no pudo faltar la foto en el Arco de Los Cabos. No había tanta gente en el jate, así que el ambiente iba relajado. Cuando mi jefe de entretenimiento me contó que fue a uno de estos paseos me dijo lo ebria que se ponía la gente y los bailes exóticos que terminaban haciendo, yo iba con esa expectativa, sin embargo me decepcioné un poco.

Se empezaban a dibujar las mitades de cuerpos de las ballenas, no sentí temor pues no estaban tan cerca, pero si tuve una visión de que alzaban el barco y moríamos ahogados o devorados, pero no fue así. No alcancé a tomar ninguna foto de ellas así que me dije, la próxima seguro si le tomo foto.

Entramos para comer un poco de fajita de pollo, nachos y guacamole, la disque típica comida mexicana para gringos. Yo seguía tomando margaritas. Nos sentamos a la mesa con un grupo de extranjeros que no recuerdo de donde venían, sólo recuerdo a una señora de Alaska muy simpática y a su hijo que coqueteaba con mi amiga.

De pronto uno de los animadores dijo en el micrófono que las ballenas estaban cerca y que además podíamos salir a tomar fotos del atardecer, pues la mayoría estábamos adentro comiendo. Me levante rápidamente y corrí para atravesar la puerta, pero fallé. El cristal estaba cerrado y al no haber sol ni reflejo no distinguí que la puerta estaba cerrada. Me golpeé en la frente y me fui como regla hacia atrás azotando con el suelo, mi amiga corrió a levantarme y toda la gente pensó que estaba inconsciente pero no. Después de todo, eso sirvió para socializar un poco. Sin embargo, al final no logré la foto.

Uno de los chavos extranjeros fue por shots para todos, no recuerdo de que eran si de tequila o ron, lo que recuerdo es que brindamos y de pronto nos tomábamos fotos, la señora de Alaska me obsequió un sombrero que aún conservo y mi amiga y yo nos fuimos cada una a su casa. Tuve que tomar el bus que me llevaba de regreso a San José; que tiempos aquellos.

Una de tantas humillaciones que viví en Los Cabos, después les cuento las demás…

Rancho Enkanto

Medicina para el alma; Kiva Veracruz 2014

Sin saber bien a donde me dirigía hice las maletas, porque en el fondo sentí un llamado. Hacer una celebración para nuestra madre tierra no se puede negar. Un día antes me encontraba yo bien enferma y a pesar de eso, me dije a mí misma; tantas trabas deben ser por algo, y como me gusta ir contra la corriente, con más razón quice ir.

La primera noche empezó un tanto terrible para mí, tal vez para quienes han acampado antes no lo sería tanto. Pero el saber que no había una llave de agua, una regadera y un baño limpio y cómodo me tenía de nervios. Lo bueno de mí es que me adapto muy rápido, así que ésto no representó ningún problema después. Recostarme bajo la luna me hizo olvidar algunas carencias que había en el lugar y encontrarme junto a una cálida compañía me hacía olvidarlo aún más. Me di cuenta que en vez de un lugar de carencias estaba yo en un lugar de riquezas, era en realidad afortunada de estar ahí.

Día 1 en Rancho Enkanto

No entiendo que pasa, un grito nos despierta a todos y sé que es hora del inipi, nunca he estado en un temazcal pero por eso estoy aquí, me cambio la ropa, lista para no se qué. Todos alrededor del fuego tomamos un puñado de tabaco y lo ofrecemos a las llamas, descalzos y somnolientos nos metemos al inipi, es como un iglú, pero caliente, está hecho de ramas, y una lona desde arriba lo cubre entero. No se ve bien, está muy oscuro, no identifico las siluetas, de hecho no conozco a ésta gente.

Empiezan a meter rocas calientes al centro del inipi, en un hueco que se cavó se empiezan a amontonar las piedras. Un señor empieza a echarles agua, una gran nube invade de vapor el lugar, siento que se me quema la piel, me arden los ojos, algo chorrea desde arriba de las paredes, me estoy llenando de lodo, la tierra debajo de mis pies también está mojada, el sudor no me deja ver. Se escuchan ruidos de lodo entre los dedos, gemidos, suspiros, llantos. Ellos empiezan a hablar, a expresarse, yo sólo estoy ahí, tengo mucho calor, no entiendo que les pasa, están locos, no puedo respirar, ¡Me voy a desmayar!, ya no aguanto me quiero salir. ¡No!; esperaré.

La gente ora. La gente agradece. La gente se une y yo me olvidé del calor. Siento que la tierra me abraza y que todos somos uno. Todo es una sensación…lo sentí y pasó, pero el sentimiento se queda.

Salimos y todos enlodados…veo que aunque todos diferentes, somos gente igual. Intercambiamos abrazos y nos metemos a bañar al arroyo.

Aquí todos ayudan, todos participan, todos son amigables y siempre traen una sonrisa que se te pega. Lalo y yo ayudamos a poner los señalamientos para que todos sepan donde están los bañaderos, la cocina, el área de acampar etc. Del tingo al tango así andábamos siempre.

Día 2 en Rancho Enkanto

Me despierta el grito de uno de los danzantes del sol. También el estruendo del caracol; uno de los mayas ya saluda a la mañana, incluso antes de que el sol salga. Sus invocaciones encienden mágicamente el día.

Mi segundo temazcal es diferente, lleno de reflexión y ésta vez puedo compartir con los demás, el calor es mi medicina, me siento como nueva.

La primera ceremonia a la tierra es conmovedora, pero no sé aún ante lo que estoy parada.

Esta noche a Lalo le toca cuidar el fuego, el que debe mantenerse encedido o con brasas fuertes durante los 4 días. Anochece y nos quedamos conversando con Gerardo, de temas tan reelevantes que a veces se olvida que hablamos con un adolescente. Me quedo concentrada en la kiva, en el fuego y en la fuerza de la creación. En el aquí y ahora y puedo ver la energía que corre de pared a pared, de las estrellas a la tierra, que choca con los árboles y las piedras, se mezcla con el fuego y se pierde para volver a surgir. Bajamos a alimentar al fuego y a la mitad de los escalones lo siento. Dios está en todo y pensé que él no me dejaba sentirlo, pero siempre estuvo ahí.

Día 3 en Rancho Enkanto

Ya es mi rutina, ya quiero despertar siempre cuando apenas me acuesto, quiero mirar los árboles, caminar en una alfombra de zacate, de hojas y ramitas, bañarme en el arroyo, comer frijoles y saborear las tortillas recién hechas, abrazar a mi nueva familia y agradecer a la vida por tantas bendiciones.

Recibimos a artistas de fuera que pusieron dos obras de teatro, escuchamos a un cantante y conferencias muy interesantes. Me quedo dormida durante una práctica de meditación, me enlodo, juego en el agua, alimento a los perros, y convivo con gente hermosa.

Esa noche me quedo dormida desde temprano, tanto, que me pierdo un temazcal y entre sueños escucho la voz de Marina cantando, una flauta y muchas voces. Ya entrada la noche cuando Lalo regresa de andar por ahí, noto que las bolsas de dormir se sienten un poco mojadas y poco a poco voy captando el golpeteo de las gotas en el techo de la casa de campaña, la puerta abierta y una cascada de agua metiéndose. Casi noqueo a Lalo, no reacciona, pienso en salir pero y después dónde dormiré si todo está mojado y la lluvia cae fuerte. Me siento y abrazo mis piernas como niña indefensa y me pongo a llorar porque tengo mucho sueño y no puedo dormir. Despierto como a eso de las 4 am y aún está oscuro, quiero ir al baño pero tengo frío, estoy empapada. No sé que hacer, ¡Cómo quiero que salga el sol!. Quiero cambiarme de ropa, pero mi maleta está también inundada. Es increíble como Lalo puede dormir en una alberca.

Día 4 en Rancho Enkanto

Al fin sale el sol, me emociono por tender mi ropa, el sol me secará y no sentiré más frío, el fuego ya está listo, me voy a sentar ahí mientras el sol calienta más. Es mi último día y no quiero irme.

No quiero que termine. Éste es mi hogar, no la ciudad de ilusión que está afuera. Ésta es mi casa, aquí entre el cielo y la tierra, entre los árboles y corrientes de agua. No me quiero ir, ésta es mi familia la que se ayuda y se comprende, se acepta y se une. No puede ser que éste no sea mi hogar. Si yo soy de aquí.

Mi casa no es afuera, donde todos se odian, se mienten, se envidian y se hieren el corazón. Mi casa no es la injusticia ni la contaminación, no puedo ser parte de ésa familia la que siempre me engañó.

Inicia el ritual, el último, y es un honor ser parte, pues puedo ofrendar junto con Gabriel uno de los invitados de la etnia náhuatl y Marina. Estar junto a gente tan sabia y tan humilde, es mejor que estar frente a cualquier otra personalidad. Bajamos a la kiva y la energía está al máximo, toda llena de buena vibra y amor, que fortuna la mía, no comprendo cómo es que me dejaron ser parte de ésto.

Todas las etnias, entre ellos los Rararamuris ofrecen su canto, a veces nostálgico que suelta lágrimas en nosotros los presentes. El sacerdote maya hace un ritual de tabaco y ofrece la pipa a algunos de los danzantes del sol. Bendice collares y agradece a todos por participar.

El tambor y los cánticos ambientan la celebración, el canto de las aves y las sonrisas iluminan la fiesta. Justo para terminar se ofrece a todos la medicina preparada, la que estuvo en la kiva por 4 días. Medicina de distintos sabores dulces y amargos, que cambia el rostro de todos, pero sobre todo que sana el espíritu.

Nos llaman para temazcal y no entiendo como tanta gente nos acomodamos en ese pequeño inipi. Bien dicen que todo cabe en un jarrito…

Se me mueven sensaciones en el cuerpo, en el corazón y quiero compartir una canción, y es que dan ganas de compartir de vivir y sentir todo, hay que expresar lo que te dicta el alma, si no el alma se va pudriendo.

Intercambiamos abrazos y besos. Y ahora si al agua patos.

Después a recoger, a empacar y a decir hasta pronto. Porque en la vida cuando se empieza a escribir una historia, los mismos personajes siempre se vuelven a topar…

 

De pachanga en Miami

Vacas cool

Vacas cool

Mi ida a Miami fue mejor de lo que pensé que iba a ser. Tal vez porque no esperé nada jajaja, traté de no tener expectativas, porque así se disfrutan más los viajes.

Los primeros días me la pasé encerrada en la jaula del hotel, linda jaula para ser sincera. Ensayando o leyendo mi guión. No quería distraerme con nada, así que esperé hasta el miércoles para salir a pasear. Conocí a gente muy copada diría Jona.

Reservé a partir del miércoles en un hostal, para mí la primera vez que lo hago. Al principio no estaba segura de hacerlo porque me causaba un poco de inseguridad, pero después pensé, ¡Hey! ¿Eres de Tamaulipas y te preocupa la inseguridad?. Y entonces di click a la reservación.

El hostal era genial y mis roomies también lo eran. Tres chicas; una de Andorra (no de España), otra de Brazil y mi compañera de litera de Korea, con la que sólo conviví un día, pues después llegó una chica de Londres.

El cuarto era pequeñito pero bien acogedor y el hostal bueno…el hostal me encanto, su lobby tenía la iluminación de un set durante la grabación de un película de terror, además de hacer un fríoooo que parecía congelador. Con muebles y sillas de diferentes estampados, alfombras coloridas y en la pared alrededor de la puerta principal un tapiz hecho con recortes de revistas. En el patio, una pequeña selva decoraba la alberca, además de grafitis y una fuente al centro frente al bar, donde en las noches se prendían velas y foquitos de navidad.

Salí a conocer un poco, tuve guías turísticos buenísimos, Alan de Guyana me pareció muy divertido, pero ningún día fue mejor que el sábado.

Me levanté tarde que no alcancé a bajar al desayuno, recibí mensajes sospechosos a mi celular, así que bajé a la entrada del hostal. El sol me saludaba felíz y Jonathan me sorprendió con flores, supe así que mi día iba a mejorar…

Salimos a almorzar a South Beach, la mirada de Jona tenía algo distinto al día anterior, ahora que me acuerdo me hace sonreír. Nos sirvieron a cada uno un desayuno enorme que habría sido suficiente para una familia entera. Después regresé al hostal para encontrarme con las chicas.

Nos encaminamos a la playa, dos chavos que se hospedaban en Freehand también se nos pegaron. Tuvimos que caminar casi doce cuadras para encontrar a Claudia que estaba en alguna de esas toallas recostada tomando el sol, el problema es que había como un millón de gente y Claudia es pequeñita.

Al fin nos encontró, ella a nosotros, las chicas se quedaron y me fuí a jugar volleyball con los dos colados, y por si fuera poco junté gente para armar los equipos, eso me recordó bastante a mi trabajo de animadora, vaya que soy una profesional. La vendita del dedo se me cayó y me entró bastante arena por debajo de la mitad de uña que me quedaba (tuve un accidente con la puerta de una tienda días antes), me dolía bastante pero no podía defraudar al equipo.

Terminando el juego me lanzé al agua con Sabina y Claudia y después de un rato salimos a la ciudad en busca de un baño, que genial es caminar en bikini sin que nadie te mire ni diga nada… Para mi desgracia, se me rompió el bikini y tuve que ir a comprar uno de emergencia.

Ya cuando íbamos de regreso al hostal pasamos por varios clubes y los chicos querían quedarse. Música house, chicas guapas en bikinis, la alberca a reventar y los balcones tapizados de nalgas, todo ese rollo que seguro ya te sabes.

En eso, Claudia se mete a un patio y yo la seguí, la gente estaba bailando a un ritmo distinto, de las congas y un Dj Rastafari. Parecía la danza de la lluvia, donde había dioses vacas a los que todos alababan. Éstas vacas tenían frases como “Be yourself” y estaban pintadas de colores brillantes. Había niños en esta fiesta, señoras mayores y mujeres con cinturones de belly dance que agitaban las moneditas con el movimiento de sus caderas. Los chavos del hostal intentaron convencernos de irnos, pero nosotras nos quedamos. Que aburrido ir a tomar un baño, prefiero apestar y que me lave la lluvia.

Ni el agua ni la oscuridad detenían la música. Entre sombras seguían tocando y una chica se acercó a improvisar con su voz, cantando algo así: “Hooooy es mi cumpleaños”, y pensé… dale, con razón estás tan emocionada, si es tu cumpleaños, pues festejemos, y así fue…

Un rato después fuimos a cenar a un lugar que se llama la sandwichería, donde me comí el sandwich más delicioso del mundo. Después terminé en un bar mexicano dónde la misma banda de “La Pachanga” tocaría, me sentí como en casa con gente que no conocía, pero que sentía conocer.

Me quedé con ganas de besos, sol y noches de lucecitas y risas. Me fuí de Miami comprendiendo que un lugar lo hace la gente que vive en el. Claro que siempre son distintos escenarios, pero al final nadie es de ahí realmente, pues todos vamos de paso.

El esnórquel del terror

Playa La Entrega en Huatulco

Playa La Entrega en Huatulco

Pasé varios días sin trabajo en un lugar desconocido y sin dinero para gastar, mi plan no había salido como esperaba. Después de viajar y llegar a instalarme a una ciudad nueva para trabajar me dijeron que gracias que siempre no.

Me aventé varias películas, leía de pronto y hasta cambié los muebles de lugar. Un día dije Val tienes que salir, no puedes quedarte aquí o volver, tú decidiste aventurarte, algo bueno debe haber que te espera en Huatulco.

Dispuesta a tomar el sol un rato y leerme un libro, me cambié y me encaminé a la playa que estaba a unos pasos de la casa y me recosté. Ahí bien concentrada, de pronto me interrumpen.

– Hola amiga disculpa, ¿qué plan tienes para la próxima hora?

– Hola, ninguno ¿Por qué?

– Es que quiero ir a hacer esnórquel, pero tengo miedo de ir sola, ¿No te gustaría venir?

– Mmm, sí ¿Por qué no?

Y así fue mi primera vez esnorqueleando, no tuve que pagar nada, mi nueva amiga había pagado todo ya. No mentiré diciendo que fue genial y divertido porque para mí no lo fue. Primero subimos a la banana, lo cual quiero mencionar me traumatizó. Porque además no me dijo que eso venía incluido también. Después nos llevaron en lancha a mar abierto a la zona de arrecife, a la derecha de la isla “La tortuga” donde nos bajamos. Para empezar estaba con gente totalmente desconocida en la cual no confiaba, en el mar, sin saber nadar, sabiendo que animales andarían debajo y que además de todo los iba a ver.

Que no cunda el pánico, pensé. Si estas personas lo hacen siempre seguramente es porque es agradable y no correré peligro con ellos, así que me dejé llevar. Miré debajo y vi pecesitos y pecezotes, rocas gigantes que supuestamente eran corales, a mí me parecían un montón de piedras, las cuales por cierto me rasparon las piernas dejandome cortaditas (Que bueno que no había ningún tiburón por ahí).

De pronto el cielo se nubló, no miento, sí así de repente, empezó la tronadera. Y la lluvia empezó a caer.

Mi primera vez esnorqueleando y se viene la tormenta, ¿tengo mala suerte o qué?. Todos estaban ya arriba de la lancha y yo seguía flotando alrededor, tenía miedo el agua estaba oscura, y la lluvia no me dejaba ver bien. Me tendía la mano alguien, pero yo no la alcanzaba, hice un esfuerzo, tampoco. Se tiró al agua por mí, me ayudó a subir y regresamos.

Dí las gracias a la chica turista, que al decir verdad olvidé su nombre, pero recuerdo que era del D.F. Ella parecía más agradecida conmigo.

Me regresé al cuarto corriendo porque la lluvia se puso más recia. Todo el pasto estaba encharcado y los pies se me hundían en el lodo. Llegué al fin y me dispuse a pensar mi siguiente paso, ¿Qué hacer para quedarme?.

El esnórquel del amor

Conseguí un trabajo en un hotel cercano, me mudé de departamento y empecé a divertirme, un día conocí a un extranjero que me conquistó y ya cuando estaba bien enamorada, me invitó a esnorquelear, dije: Noooo otra vez, después decidí hacerlo, porque simplemente debo enfrentar mi miedo, así que éste que sigue fue mi intento 2.

Quisiera pensar que no fue sólo el amor lo que me hizo ver la belleza de ese día. Pues ha sido uno de los que más recordaré por siempre.

Fue en “La Entrega” una playa de Huatulco, muy concurrida en temporada alta porque es uno de los mejores puntos para hacer actividades acuáticas.

Llegamos, el venía con su mochila de siempre y yo con mi morral, caminamos primero a lo largo de la playa para explorar un poco y después nos trepamos a unas rocas para tomarnos fotos.

Ya cuando la vista nos parecía conocida, bajamos para ir a conseguir el equipo y aventurarnos al mar. Por alguna razón los locales pensaban que yo era extranjera también, supongo el verme caminar de la mano de un güero los hacía creerlo, tanto, que me hablaban en inglés, pero yo les respondía en español.

Seguramente pensaban ¡Que buen español tiene esa gringa!. Me llamaban sirena, entre otras cosas que ellos pensaban yo no entendía. Le contaba a mi amor que me llamaban así y el sólo se reía, decía que si parecía una y que el estaba apunto de liberar a esa sirena en el mar.

Nos pusimos el equipo y desde la playa poco a poco nos metimos al mar, primero de espaldas con pequeños pasitos, para que las olas no movieran las aletas, ya cuando empezaba a estar profundo me voltié para avanzar.

Todo el tiempo volteaba a verme, como cuidándome

– Don´t be scared, nothing wrong it´s gonna happen

Me decía emocionado

– Look at those fish?, aren´t they awesome?

En su mirada de niño encontré un motivo para sonreír; y así empecé a disfrutar. Porque en verdad los peces eran increíbles. El agua estaba un poco fría y el sol calentaba parte de mi espalda y mi cuello. De pronto no había nadie cerca, ni nada: sólo el mar y Ryan.

A nuestra izquierda estaban unas rocas donde supuestamente había una cueva, el quería ir, me tomó de la mano y nos dirigimos allá. La roca estaba dividida y en ese espacio una corriente de agua helada pasaba a gran velocidad con mucha fuerza.

– Are you sure you want to go there? it doesn´t seem very safe? Le dije dudosa

– ¡Sí! ¡Let´s go!

Pasó primero él, sentía que la heladísima corriente me iba a arrojar lejos, pero aún así me atreví, me jalaba del brazo y yo me ayudaba empujándome de la pared de piedra, hasta que al fin logré entrar. El agua entraba y salía como en un remolino, chocando con las rocas incrustadas en el centro de la cueva, caía agua acariciando las paredes como finas cascadas y arriba un casi perfecto círculo que dibujaba ramas, dejaba entrar unos cuantos rayos a ese oculto palacio natural.

¿Que habrá allá arriba? Seguramente un paraíso. Salimos de la cueva y nos fuimos de regreso, en el camino encontramos una playita, donde un chorro caía desde lo alto para convertirse en un simple riachuelo que se perdía entre las olas.

Nadamos hasta tocar la arena y empezamos a caminar hacia el riachuelo, le dije que quería subir

– Yes, go ahead, whatever you want to do

Él sólo se admiraba de que yo había perdido el miedo sin darme cuenta. Y subimos; trepaba las rocas como si ya lo hubiese hecho antes, así tan fácil mis manos y pies se acomodaban y subía cada vez más rápido y con más confianza.

Ya en lo alto, las ramas de los árboles que entrelazaban sus raíces por debajo y por afuera del agua nos tocaban la cabeza, colgaban sus hojas como lágrimas de ésas de felicidad que se te escapan cuando se te acaba la sonrisa.

No existía nada más que ése lugar y la sensación de libertad, ésa de estar en casa cuando se está lejos.

Abducen los extraterrestres a mi amigo en Tampico

Jorge Leal G/ http://bit.ly/WhSaUH

Empezaré por el principio como debe ser. Les diré que la creencia popular para empezar se equivoca, cuando la gente dice que en la playa de Tampico hay una base alienígena que nos protege de los huracanes, están mal.  La playa de la zona conurbada sí es Miramar, pero Miramar se encuentra en Madero señores. Y aunque no tiene mucho que ver, sólo quería aclararlo, ¡Gracias!

Un día venía yo con un conocido, que para empezar no diré su nombre por proteger su identidad. Nos llevábamos tan bien que incluso convivía con mi familia, estábamos siempre juntos y nos íbamos de pedos en las noches entre semana.

Andaban también de moda los memes de extraterrestres, porque en ese entonces también nos andaba rondando una tormenta tropical.

Veníamos en el coche, el manejando y yo de copiloto, salió el tema; juro que no veníamos tomados, pues esa era una noche aburrida.

– Una de las cosas que más miedo me dan aparte del mar son los ovnis. Dije yo, continuando con la conversación anterior que ni recuerdo cual era

– A mí también Val; son mi más grande temor. Pero no hablemos de eso, no quiero recordar. ¡Ayy nooo las cicatrices que me quedaron! ¡Yaaa Valeria, cambiemos de tema!. Así temblando y luego sacudiendo los hombros

Mi reacción, fue precisamente la que tu tienes ahora. Pensé, ¿Cicatrices? ¿De qué habla? ¿Lo abdujeron?. Había escuchado ya historias y las había visto en televisión, pero jamás pensé conocer a alguien que lo viviera y para empezar no le podía creer, ¿Por qué? porque su historia era muy fumada.

No me tomes a mal, yo si creo en que existen seres de otros planetas y que nos vienen a visitar, pero es irreal que le pase a un amigo. Me quedé en shock,no dije nada. Pero no se me ocurría ningún tema de conversación yo sólo quería saber más.

– ¡No puede ser Valeria! ¿Por qué estas tan callada eh?

– Pues…

– ¿Por qué me estás mirando así? ¿Por qué tienes los ojos tan grandes?

– Am, ¿Mirándote cómo?, porqueeee asííí soy. No pude evitar soltar una risilla

-¿De qué te ríes? ¿Ay noo porfavor, no me digas que eres uno de ellos?. Me miró horrorizado, mientras detenía el coche

¿De qué demonios estaba hablando?. Veníamos cerca de un semáforo, y sin importarle si venían vehículos atrás, se paró.

La verdad empecé a ponerme nerviosa, no sabía si estaba tratando con un psicópata que tenía alucinaciones y quería matarme, o si realmente estaba nervioso porque pensaba que yo era de otro planeta. En aquél momento creía más la primera, porque su manera de reaccionar me alteró demasiado, sólo que no quice demostrarlo, mientras más mostraba yo exaltación, él más se asustaba.

Caminaba frente al coche y se me quedaba viendo, se tomaba del cabello en señal de desesperación, inhalaba profundo, yo ni el más mínimo movimiento quice hacer.

Se subió de nuevo.

-Dime la verdad, ¿Eres uno de ellos o no?

– Tú crees que si lo fuera no te habría contado ya, eres mi amigo, te lo habría mencionado, es algo importante

– Tienes razón

Y puso en marcha el coche otra vez, traté de sacar otro tema y ya de pronto estábamos conversando de algo más. Pero yo, en el fondo, tenía tanto miedo de que fuera a atacarme confundiéndome con un extraterrestre, que no podía concentrarme en nada más. Odio cuando el celular se descarga y olvido el cargador, siempre cuando más lo necesito se me apaga.

Llegamos a mi casa y justo cuando iba a abrir la puerta, me pidió que no me fuera.

– Espérate, quédate aquí conmigo, ellos nos pueden oír, no quiero que vengan otra vez. ¿Puedo quedarme contigo?

Ajaaaaa, ¿Sería ése el gancho?. Quería sólo una excusa para estar cerca de mí. No, no lo creo.

Le dije que mejor esperaría un rato más ahí con él a que se tranqulizara un poco. Ahora sólo espero que ellos no me estén leyendo ahora y me quieran llevar a mi también.

 

1. Chicas carguen su celular antes de salir

2. Las drogas destruyen

3. No, ya les dije que no soy extraterrestre

Ésta historia fue escrita por mera diversión, no se busca herir susceptibilidades, y si fue así; una disculpa. Por su atención, gracias.

 

Vista de Ensenada Blanca Baja California Sur.

Yo y mis tacos

Me levanté temprano a pesar de ser mi día de descanso, la luz que atravesaba la cortina de la puerta de cristal que daba al balcón me despertó. Sólo se escuchaba el silencio, pues mi roomie por alguna razón no estaba y afuera todo era desierto y mar.

Con las maletas a medias para irme a Loreto decidí disfrutar mi último día en Ensenada Blanca. Bajé la colina, primero por la pequeña callecita de piedras y después por unos empinados escalones, que cansarían hasta a el más deportista. Ahí me quedé de ver con Martín, uno de los ayudantes en el comedor de empleados del hotel, nos hicimos bien amigos, pues me guardaba siempre comida para la cena a mí y a mis otras amigas bailarinas.

Un día su mamá la señora Conchita; que también cocinaba en el comedor, me dijo que quería invitarme a comer a su casa. Finalmente ése día llegó, esperando a Martín me bronceé un poco más de lo que ya estaba, en el desierto aunque el sol no esté tan brillante quema fuerte.

Al fin llegó y me dijo que caminaríamos hasta su casa. Pura tierra y piedras, cactus de todo tipo, rodeados por montañas, y yo jamás había apreciado así el paisaje. Era afortunada.

– Mira allá vivo yo. Señaló a lo lejos

– ¿Y si nos quedamos un rato aquí frente a la playa?

– Vamos a ponernos debajo de aquel árbol para que nos de la sombrita

Y ahí nos quedamos, de cuando en cuando platicábamos y de pronto nos quedábamos callados, después nos reíamos sin razón.

Andaba gente afuera de su casa, cómo si se estuvieran organizando para algo. Entonces me dice:

-Vente, córrele

Yo ya estaba bien bofeada de caminar, de correr y del sol. Al ver su casa ya de cerca me di cuenta que no tenía techo, sólo tenía unas lonas atoradas a varillas en las esquinas. Tampoco tenía ventanas, es decir si tenía, pero eran sólo huecos cuadrados en las paredes, sin vidrio o protección, sólo ponían en una que otra cortinas.

Todos parecieron alegrarse de verme, y eso que no me conocían.

– Miren ella es una amiga, Valeria

– Mucho gusto mija – buenos días – hola . Dijeron varios al mismo tiempo

– Hola, dije nadamás

Me llevó con su mamá adentro, estaban varios ahí en la bola, donde el piso era sólo arena y el comedor se armaba con sillas medias rotas y una mesa de plástico blanca.

Todos bien amables, me ofrecían sentarme y pues me senté. Fue cuando empezaron a hablar de salir de pesca y hasta me invitaron, les dije que nunca había pescado.

– ¿Que no vienes de Tampico?, allá es playa también

Pues si pero nunca nadie me ha enseñado. Entonces se emocionaron y dijeron que ya nos íbamos a ir, que doña Conchita haría pescado frito para comer.

Martín me jaló de la mano y nos fuimos a la orilla donde estaban todas las lanchas.

– Valeria si no quieres ir, nos quedamos

– No, está bien, vamos

Y me subí a la lancha, con temor porque nadie llevaba chaleco salvavidas, es que como yo no sé nadar, me imaginaba que me podía caer y ahogarme. Me preguntaron ¿que tienes, porque esa cara?. Yo sólo sonreía, todos ellos iban tan felices que no quería arruinar el momento. Entonces ya encendido el motor, corrieron varios, niños y adultos; en eso que viene un señor muy gordo. Pensé ¡Ay no, nos vamos a voltear!. Afortunadamente no nos volteamos, arrancó la lancha con la punta hacia arriba, casi casi vertical, así el señor gordo sumiendo la lancha y yo preocupada.

Íbamos en varias lanchas surcando las olas, porque habíamos pasado la ensenada y ya estábamos en mar abierto. Empecé a marearme, sentía que me iba a vomitar, pero me aguanté. Martín venía risa y risa, me imagino que burlándose de mí.

Entonces les dijo a ellos que me estaba poniendo mareada.

– Pues si quieres podemos pararnos aquí en la isla, porque ya no podemos regresarnos, y ya de ratito pasamos por ustedes

Se acercaron a la orilla y nos dejaron, Martín venía bien divertido, poco a poco se me paso el mareo. Mi falda larga ya estaba media mojada de abajo, porque aunque la alcé tuve que bajarme en el agua.

Miré a mi alrededor y encontré el lugar más hermoso en el que he estado, la isla de Danzante se llama, ahí cambió mi vida, aunque no lo crean.

– ¿Quieres conocer la isla?

– Sí

Me sentía como en la película de Laguna Azul, con la excepción de que el agua no era tan turquesa, la vegetación era desértica y mi compañero no era tan guapo.

Empezamos a caminar por la orilla y a juntar conchitas, pero no creas que eran conchas cualquiera, éstas estaban completas, grandes, perfectas e intactas. Trepamos las rocas y en medio de varias se formaba una especie de alberca, tan cristalina que se veían los coloridos peces debajo y cangrejos de color rojo circulando como locos sobre las rocas.

Ahí nos quedamos un rato, jugamos como niños y hablamos por horas, me contó que le habían ofrecido a su mamá 15 millones por su terreno, porque unos inversionistas quería construír ahí un campo de golf. Dijo que ella no aceptó la oferta, que su casa y su familia valían más que eso.

Incluso cuando la gente del hotel intentó más adelante quitarles la playa, todo el pueblo se rebeló. Cada semana santa ponían bloques grandes de concreto en el paso a la ensenada que se transportaban con grúas y tractores, aunque los pescadores no tenían medios para traer ese tipo de maquinaria, ellos con camionetas y carros de gente del pueblo, con palas e incluso empujando, sacaban los bloques para poder disfrutar de su propia playa con sus familias.

Estaba atardeciendo y ellos no regresaban, pensaba que ya nos habían olvidado.

– No te preocupes, ya no tardan. El podía leer siempre mi rostro

Volvimos y yo ya no aguantaba las ganas de hacer pipí, pensé que el baño estaría afuera pues cuando entré sólo vi dos cuartos, el comedor y la cocina.

– ¿Puedo pasar a tu baño? ya no aguanto te lo juro. Dije dando brinquitos

– Haber vente, te llevo. Éste es

Era un cuartito, sin puerta, donde había un cajón alzado con unos troncos.

-Gracias

No podía concentrarme en hacer, porque aunque estaba el cuartito detrás de una como bodega, la gente estaba pase y pase y los perros corrían enfrente. Cuando al fin terminé me di cuenta de que no había papel.

– Martííííííín

– Aquí te traigo papel, se me olvidó decirte que no había

Jamás en mi vida había hecho al aire libre, con perros mirándome y gente a mi alrededor, mucho menos con un amigo viéndome sentada ahí haciendo mis cosas. Siempre hay una primera vez para todo, pensé.

Volví con el grupo, ya estaban friendo el pescado, todos charlaban y contaban historias familiares, aventuras que vivían todos los días. Me lavé las manos y me ofrecí a ayudar a hacer las tortillas, no crean que a tortear, porque aunque mi abuelita me enseñó siempre se me rompen. Ahí las hice con un aplastador y las puse en el comal, sobre una parrilla improvisada con una refacción, mientras doña Conchita freía en un anafre.

Comimos, estaba delicioso, en serio, jamás había probado unos tacos de pescado tan ricos. Ya estaba ocultándose el sol y me tenía que regresar a la cabaña. Así que me despedí, doña Conchita insistió en darme un plato de tacos para llevar y cenármelos más tarde. Me regaló también un mantel de manta bordado por ella, me dijo que era para mi mamá y que le habría encantado conocerla, me dio un abrazo y me besó la mejilla, su piel arrugadita me acarició la cara, y yo la rodeé con los brazos también, tan pequeñita y tan grande su corazón.

Me encaminó Martín hasta Danzante, no la isla, sino la colina donde yo vivía. Subí lentamente, para no cansarme tanto, me habría gustado saber que subir en zig zag es más fácil, pero en ese entonces nadie me lo había dicho.

Ya era de noche, las estrellas me observaban y yo subía con el plato en la mano y mi falda blanca ya muy sucia de tanto pasear. Entré a la cabaña y abrí la puerta que da al balcón, ya estaba refrescando, las cortinas se ondeaban y la luna se reflejaba sobre el mar, parecía que había otra luna debajo. Ahí me quedé recostada en un tumbón yo sola y mis tacos.